La Santa Muerte: fe, miedo y esperanza en una figura que no conoce fronteras
Recuerdo caminar por un mercado callejero en Ciudad de México y detenerme frente a un puesto lleno de velas, rosarios y estatuillas. Entre todo ese color, una figura blanca destacaba como si me mirara. Era la Santa Muerte. Tenía la túnica impecable, una guadaña que brillaba con el sol de mediodía y, a sus pies, un par de manzanas rojas junto a un cigarro encendido. La vendedora, una mujer de sonrisa fácil, me dijo: “Ella no discrimina; escucha a todos”. Y no supe si me hablaba de una santa o de una vieja amiga.
Este culto no nació ayer. Mucho antes de que los conquistadores pisaran tierras americanas, los pueblos indígenas ya hablaban con la muerte como con una vecina más. Tenían dioses que gobernaban el inframundo y recibían ofrendas para guiar a los que partían. Cuando llegaron los españoles, con sus santos y procesiones, las creencias se mezclaron. De esa mezcla salió esta figura extraña y fascinante: un esqueleto vestido como monje, que sostiene la guadaña de la cosecha y, en ocasiones, una balanza o un globo del mundo.
Fuente de la imagen: Tarotespiritual.es
Altares que cuentan historias
No hay que entrar en una iglesia para verla. Basta con pasar por ciertas calles y encontrarla en altares improvisados: una mesa con mantel bordado, veladoras que chisporrotean, flores marchitas y fotos familiares amarillentas por el tiempo. Las ofrendas varían. Algunos dejan tequila, otros pan, otros monedas envueltas en papel. Quien se acerca le pide algo: salud, protección, amor, o que ponga fin a una injusticia.
En Los Ángeles, en Madrid o en Buenos Aires también se ven altares, aunque más discretos. La gente se reúne en silencio, coloca sus ofrendas y se marcha. Es un culto que viaja sin necesidad de pasaporte.
Más que un amuleto
Para muchos, la Santa Muerte es sinónimo de justicia. No se inclina por ricos ni por pobres; trata a todos igual. Esa idea, que suena simple, es un consuelo para quienes sienten que las leyes favorecen a unos pocos. Hay quien dice que es generosa, pero también que no concede sin pedir algo a cambio. Por eso, el respeto es parte del trato.
De la sombra a la calle
En sus primeras décadas modernas, la devoción se vivía a escondidas. Después, personas como doña Queta —custodia del altar más famoso de Tepito— la sacaron a la luz. Desde entonces, su imagen ha saltado a murales, canciones y redes sociales. Para algunos es una aliada; para otros, un misterio inquietante. Pero nadie puede negar que su presencia crece, un altar a la vez.



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