...

Tarot de Marsella: una baraja antigua que todavía nos mira a los ojos

Hay objetos que parecen venir de otro tiempo. No por viejos, sino por el modo en que nos hablan. El Tarot de Marsella es uno de ellos. No brilla, no tiene efectos dorados ni ilustraciones digitales. Pero hay algo en esas cartas —en sus figuras casi toscas, en sus colores de otro siglo— que sigue atrapando la mirada. Como si cada una guardara un mensaje que aún no hemos terminado de entender.

Y lo más curioso es que no hace falta creer en nada para sentirlo. Solo estar dispuesto a mirar con cierta atención. Con ese tipo de atención que se parece bastante al silencio.

¿De dónde salió esta baraja que parece saber cosas?

La verdad, nadie lo sabe del todo. Hay pistas, claro. Lo más probable es que el tarot, tal como lo conocemos hoy, naciera en Italia en algún punto del siglo XV. Pero no fue hasta que llegó a Francia, y más concretamente a Marsella, que adquirió la forma que hoy reconocemos.

Marsella no lo inventó, pero sí le dio imprenta, estilo y pasaporte. En el siglo XVIII, se convirtió en uno de los grandes centros de producción de estas cartas. Y ya se sabe cómo funcionan estas cosas: el lugar que más habla de algo termina quedándose con el nombre.

¿Qué tiene de especial el Tarot de Marsella?

Tiene 78 cartas. Las 22 primeras son los llamados Arcanos Mayores. Tienen nombres que suenan como capítulos de un libro escrito por alguien que entendía mucho de símbolos: El Loco, La Muerte, La Emperatriz, El Sol… No están ahí para decirte qué hacer, sino para mostrarte que lo que sientes ya lo sintieron otros antes. Que no estás tan solo.

Luego vienen los Arcanos Menores. 56 cartas que, a primera vista, parecen más simples. Pero ahí están los detalles. Y a veces, los detalles son los que terminan moviendo el mundo.

¿Para qué sirve una baraja así, hoy en día?

Ahí está la pregunta. Algunos la consultan cuando tienen dudas. Otros, cuando no saben ni qué preguntar. Hay quienes sacan una carta por la mañana como quien se sirve un café fuerte: no para que les resuelva la vida, sino para empezar el día con algo que les haga pensar.

No hace falta creer en cosas raras. Ni ser “místico”. A veces, basta con detenerse un momento y mirar una imagen sin prisa. Como cuando uno relee una frase subrayada en un libro viejo y, de pronto, entiende algo que ya sabía, pero no sabía que sabía.

Entonces, ¿es adivinación? ¿Es juego? ¿Es arte?

Quizás un poco de todo. O quizás ninguna de esas cosas del todo. El Tarot de Marsella no promete respuestas mágicas. Pero sí puede ayudarte a hacer preguntas mejores. Y, de paso, a escucharte con algo más de cuidado.

Porque en el fondo, no se trata de saber qué va a pasar. Se trata de entender un poco mejor qué está pasando. Ahí. Dentro de uno. En ese lugar donde a veces no llegan ni las palabras.