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Tarot egipcio: cuando las cartas susurran desde el Nilo

Hubo un tiempo en que los dioses caminaban entre las personas. O eso creían los antiguos egipcios. Lo cierto es que tenían una obsesión por lo invisible, por lo que no se puede tocar pero pesa más que una piedra. De ahí salían sus templos, sus momias, sus jeroglíficos. Y quizás, también, el tarot egipcio.

Pero no te confundas: el tarot egipcio no apareció por arte de magia en una tumba secreta bajo la arena. No hay papiros con instrucciones, ni evidencia de que Ramsés III echara las cartas antes de decidir si invadir o no al vecino. Lo que sí hay es una historia peculiar, medio real, medio mito, que mezcla símbolos antiguos con la imaginación febril de Europa del siglo XVIII.

A ver. El Antiguo Egipto fascinaba. Lo exótico, lo oculto, lo lejano… era una bomba irresistible para los esoteristas del momento. Entre ellos, un tal Etteilla —sí, el nombre suena como un perfume caro, pero en realidad es el apellido de su autor leído al revés—, que afirmaba haber redescubierto el tarot original basado en el Libro de Thoth. Ese libro legendario contenía, supuestamente, todo el saber del universo. O lo que quedaba de él tras varias dinastías.

Y así, entre dioses con cabeza de chacal, pirámides, estrellas y ojos que todo lo ven, nació el tarot egipcio moderno. No fue inventado por los faraones, pero sí inspirado en sus símbolos. Las cartas tienen nombres y formas diferentes a las del tarot de Marsella o el Rider-Waite, aunque la intención es la misma: mirar al futuro, entender el presente, dialogar con uno mismo.

Cada lámina del tarot egipcio es como una ventana que da a otro tiempo. Las figuras no sonríen, apenas se mueven. Son como estatuas parlantes que, en vez de predecir si vas a tener suerte en el amor, te lanzan preguntas incómodas: ¿en qué parte de tu vida estás dormido? ¿A quién le entregaste el poder de decidir por ti?

Hoy, el tarot egipcio no está enterrado. Lo usan lectores, terapeutas, curiosos y románticos. Porque en el fondo, lo que buscamos no es saber qué pasará mañana, sino entender por qué sentimos lo que sentimos hoy. Y si una carta con un halcón dorado puede darnos una pista… bienvenida sea.