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Tarot Espiritual

La ley de mentalismo: el principio que afirma que el universo es mente

A veces, uno tiene la sensación de que la cabeza no para; pensamientos que van, vienen, se cruzan y, en ocasiones, chocan entre sí provocando un ruido ensordecedor. ¿Te suena? Pues bien, resulta que ese torrente incesante no es un fallo del sistema, sino la base misma de la realidad según la filosofía hermética. Aquí es donde entra en juego la ley de mentalismo. No se trata de una idea moderna de esas que aparecen en Instagram con un fondo de atardecer, sino de un principio antiguo, complejo y, francamente, fascinante si se analiza con calma.

Este concepto postula una premisa contundente: «El Todo es Mente; el Universo es Mental». Dicho así, puede sonar a guion de Matrix —esa escena del niño doblando la cuchara—, pero la profundidad del asunto va mucho más allá de la ficción. Entender la ley de mentalismo implica aceptar que la materia, la energía y la vida tal como las percibimos son, en esencia, manifestaciones de una conciencia subyacente.

¿Qué significa realmente el mentalismo?

Vayamos al grano. El mentalismo no es telepatía ni trucos de salón. En el contexto del hermetismo, este principio establece que la realidad fenomenológica —aquello que tocas, ves y hueles— tiene su origen en el pensamiento. Sin embargo, hay un matiz crucial: no se refiere solo a tu mente individual (que a veces ni recuerda dónde dejó las llaves), sino a una Mente Universal o Infinita.

Por consiguiente, la ley de mentalismo sugiere que vivimos dentro de una gran mente, del mismo modo que tus sueños ocurren dentro de la tuya. Cuando sueñas, creas un mundo, personas y situaciones que parecen sólidos mientras estás dormido; sin embargo, todo es producto de tu propia psique. Esta ley aplica esa misma lógica al universo físico.

Origen e historia: ¿De dónde sale esto?

Aquí hay que ser rigurosos con la historia, porque a menudo se mezclan churras con merinas. Aunque las raíces del pensamiento hermético se atribuyen a la figura mítica de Hermes Trismegisto en el Egipto helenístico (una sincretización entre el dios griego Hermes y el egipcio Thot), la formulación exacta de la ley de mentalismo tal y como la conocemos hoy proviene de un texto mucho más reciente: El Kybalión.

Publicado en 1908 por tres individuos anónimos que firmaron como «Los Tres Iniciados», este libro sistematizó las enseñanzas herméticas en siete principios. Por lo tanto, aunque la idea de que el intelecto genera la realidad se rastrea en el neoplatonismo o el gnosticismo antiguo, la etiqueta específica de ley de mentalismo es una presentación del siglo XX. Es curioso, ¿verdad?, cómo textos «milenarios» a veces tienen una edición bastante contemporánea. Aun así, su validez filosófica no depende de la fecha de impresión, sino de su coherencia interna.

¿Para qué sirve la ley de mentalismo?

Uno podría pensar: «Vale, todo es mente, ¿y a mí qué?». Pregunta legítima. La utilidad de este principio radica en la comprensión de las causas primeras. Si aceptas que el universo es mental, entonces la llave para modificar tu entorno no está fuera, sino dentro.

Concretamente, el estudio y comprensión de la ley de mentalismo sirve para:

  • Comprender la estructura de la realidad: Nos permite dejar de ver los eventos externos como sucesos aleatorios o caprichosos. Si el origen es mental, hay una lógica y un orden subyacente que podemos intentar descifrar.

  • Gestión de la causalidad: Dado que los pensamientos son, bajo esta óptica, cosas con sustancia real, entender la ley de mentalismo ayuda a identificar qué patrones de pensamiento repetitivos están generando situaciones indeseadas en nuestra vida.

  • Empoderamiento personal: Otorga al individuo la responsabilidad de su propia experiencia. Ya no eres una hoja al viento; eres, en cierta medida, el pensador del pensamiento.

Cómo se practica la ley de mentalismo (sin volverse loco en el intento)

La teoría aguanta todo lo que le echen, pero la práctica es otro cantar. Aplicar la ley de mentalismo requiere una disciplina férrea, casi espartana. No basta con «pensar bonito» un par de minutos al día.

Aquí te detallo cómo se suele trabajar este principio:

  1. Observación desapegada (o «el vigilante»): El primer paso es observar tus propios pensamientos sin juzgarlos. ¡Uff! Esto es dificilísimo al principio. Se trata de darte cuenta de la calidad de tu diálogo interno. ¿Es constructivo o destructivo? La ley de mentalismo opera siempre, te guste o no, así que mejor saber qué estás emitiendo.

  2. Transmutación mental: Este es el arte de cambiar deliberadamente un estado mental por otro. Si te pillas vibrando en miedo o ira, la práctica consiste en aplicar voluntariamente el polo opuesto. No es represión; es transformación activa, similar a cambiar el canal de la radio cuando suena esa canción que detestas.

  3. Enfoque sostenido: La dispersión es el enemigo. Para que la ley de mentalismo funcione a tu favor en la creación de nuevas circunstancias, la mente debe ser capaz de sostener una imagen o idea con claridad y firmeza, sin vacilaciones continuas.

Reflexión final

En definitiva, acercarse a la ley de mentalismo es abrir la puerta a una responsabilidad inmensa. Si el universo es mental, cuidar lo que habita en nuestra cabeza se convierte en la tarea más importante de todas. Y no, no siempre sale bien a la primera; somos humanos, llenos de dudas, miedos y contradicciones. Pero quizás, solo quizás, entender las reglas del juego sea el primer paso para jugarlo un poco mejor.

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